TEMA VIII: Kant (1724-1804)
1. Contexto histórico, sociocultural y filosófico
Esquema
- Ámbito temporal y geográfico de la Ilustración.
- La crisis del Antiguo Régimen y el despotismo ilustrado de Federico II.
- La filosofía de Kant como síntesis superadora del Racionalismo y del Empirismo. Newton. Rousseau.
Desarrollo
La vida de Kant se desarrolla en el siglo XVIII, en plena Ilustración alemana. La Ilustración tiene lugar en la época de las revoluciones liberales burguesas: desde la inglesa de 1688 a la Revolución francesa de 1789. Los países en los que la Ilustración tuvo mayor fuerza y relieve fueron Inglaterra, donde propiamente se inició; Francia, donde adquirió mayor brillantez y se convirtió en foco de irradiación, y Alemania, adonde pasó desde Francia. La obra de Kant puede ser considerada la culminación filosófica de la Ilustración.
El siglo XVIII significa la crisis de la sociedad estamental del Antiguo Régimen. Excepto en Gran Bretaña, la forma de organización del Estado es la monarquía absoluta, que se sirve cada vez más de una amplia burocracia. Francia y Gran Bretaña ejercen el predominio en Europa, al mismo tiempo que surgen dos potencias nuevas: Prusia y Rusia. Gran parte de la vida de Kant tiene lugar bajo el reinado de Federico II de Prusia, exponente de monarca absolutista e ilustrado (despotismo ilustrado), por el que sintió admiración.
Filosóficamente hablando, Kant se educó en las ideas del Racionalismo alemán de la época. Como sabemos, el Racionalismo cree posible un conocimiento metafísico de la realidad partiendo no de la experiencia, sino de la afirmación de que tenemos ideas innatas y del análisis de ellas. La lectura de Hume le convenció de que eso no era posible. Pero Hume no solo negaba la metafísica, sino que ponía en cuestión la física newtoniana. Kant creía que el conocimiento científico era un hecho incuestionable que había que explicar y la solución que encuentra la expone en la Crítica de la Razón Pura, que supone una síntesis superadora del Racionalismo y del Empirismo.
No hay que olvidar, por último, la importancia de los ilustrados franceses en el ambiente intelectual de la época, entre los que hemos de citar a Rousseau, que tan grande influencia tendrá en Kant.
2. El uso teórico de la razón: la Crítica de la Razón Pura
2.1. El problema general de la Crítica de la Razón Pura
A Kant le preocupa la metafísica, ya que desde siglos atrás ésta aparece como una disciplina en la que las disputas son eternas y los problemas que se plantean parecen irresolubles; problemas como el de la existencia de Dios, el mundo o el alma humana. Es más, cuando discutimos sobre problemas de este tipo no solo es grave el que no nos pongamos de acuerdo, sino también el hecho de que no somos capaces de reconocer la respuesta acertada si esta se llegase a encontrar. Esta situación de la metafísica contrasta con la situación de la ciencia, que progresa y en la que hay acuerdo, precisamente porque somos capaces de reconocer cuándo una respuesta es verdadera. En la Crítica de la Razón Pura Kant se pregunta si es posible la metafísica como ciencia; esto es, si es posible un saber universal y necesario acerca de cuestiones como las anteriormente señaladas.
Para saber si la metafísica puede o no ser una ciencia hemos de dilucidar primero cómo es posible la ciencia, qué condiciones se requieren para que un conocimiento sea científico. Podrá serlo si se puede ajustar a esas condiciones requeridas. El planteamiento kantiano consiste en señalar que toda ciencia es un conjunto de juicios y que estos juicios científicos son posibles porque la ciencia se articula en torno a dos tipos de condiciones: empíricas, es decir, posteriores a la experiencia, y a priori, esto es, anteriores a ésta.
Todo juicio, sea o no científico, supone la afirmación o negación de un predicado ‘P’ respecto de un sujeto ‘S’. Esto es, una relación entre sujeto y predicado del tipo ‘S es P’ o ‘S no es P’. Pues bien, hay juicios en los que con solo estudiar el significado del sujeto podemos afirmar el predicado. Por ejemplo, si afirmamos que ‘todo triángulo tiene tres ángulos’ o que ‘todo rombo es una figura’. Del mero análisis del concepto “rombo” deducimos que es una figura. Este tipo de juicios son denominados por Kant juicios analíticos, los cuales tienen una serie de particularidades que interesa destacar:
- Son universales, esto es, no hay excepción a ellos.
- Son necesarios, esto es, es imposible que sean falsos.
- Son meramente aclaratorios, clarifican nuestro conocimiento, pero propiamente no lo amplían. No son extensivos, dice Kant. Y ello porque lo que afirmamos en el predicado ya está contenido en el sujeto.
Por contraposición a los juicios analíticos, hay otros juicios que sí extienden nuestro conocimiento, porque el predicado no surge del mero análisis del sujeto, sino que amplían nuestro conocimiento acerca de éste. Por ejemplo, en ‘dos pájaros cantan en este árbol’, del concepto “dos pájaros”, que es el sujeto, no surge por análisis el predicado. Éstos son denominados por Kant juicios sintéticos.
Podemos preguntarnos ahora bajo qué condiciones, en relación a la experiencia, formulamos nuestros juicios. Al respecto Kant distingue entre:
- Aquellos conocimientos sin un conocimiento empírico anterior, que son denominados juicios a priori. Por ejemplo, ‘todo rombo es una figura’.
- Y aquellos conocimientos que necesitan de un conocimiento empírico anterior, como ‘dos pájaros cantan en este árbol’, y que llama juicios a posteriori.
La diferencia fundamental entre los juicios a priori y los juicios a posteriori consiste en que los primeros son necesarios, pero no así los segundos. Kant aprendió de Hume que de la experiencia no puede proceder la necesidad de nuestros juicios.
Todos nuestros juicios, sean o no científicos, han de ser bien analíticos o bien sintéticos y bien a priori o bien a posteriori. Como los juicios analíticos son necesarios y, si son necesarios, no pueden ser a posteriori, todo juicio analítico es a priori. Nos encontramos, pues, con los siguientes tres tipos de juicio posibles:
- Juicios analíticos, por lo tanto, a priori.
- Juicios sintéticos a posteriori.
- Juicios sintéticos a priori.
Ahora bien, ¿cuál de ellos es el tipo de juicios que requiere la ciencia? Estos han de ser universales y necesarios. Desde este punto de vista, es suficiente con que un juicio sea a priori. Pero deben ser, además, juicios que amplíen el conocimiento. Y este requisito solo lo cumplen los juicios sintéticos. Los juicios más importantes de la ciencia han de ser juicios sintéticos a priori. Son sintéticos, amplían nuestro conocimiento, pero también son a priori, esto es, universales y necesarios.
Leibniz y Hume habían hecho clasificaciones básicamente coincidentes con los dos primeros tipos de juicios. Kant señala la existencia de juicios sintéticos a priori y éstos son los propios de la ciencia. Precisamente la pregunta por cómo son posibles los juicios sintéticos a priori es lo que el propio Kant denomina “problema general de la Crítica de la Razón Pura”. Además, puesto que son los juicios de la ciencia, investigar qué tipo de conocimientos está formado por estos juicios será tanto como investigar qué conocimiento es científico.
2.2. Problemas particulares de la C.R.Pura
Diremos que hay tantos problemas particulares en la CRPura como ámbitos en los que parecen darse juicios sintéticos a priori:
- Los más evidentes se dan en la matemática. En ella hay juicios universales y necesarios. Los más, a juicio de Kant, no son analíticos, no tienen el predicado contenido en el sujeto, son juicios sintéticos a priori: ¿cómo son posibles los juicios sintéticos a priori en la matemática?
- Se dan también en la física newtoniana. En ella también hay de otro tipo, pero los principales son sintéticos a priori: ¿cómo son posibles estos?
- Parece que se dan auténticos juicios sintéticos a priori en la metafísica. Muchos de sus juicios son sintéticos, pero ¿son necesarios? Enunciados como ‘el mundo ha tenido un comienzo’ han sido afirmados y negados por distintos autores, cosa que no ocurre con la física o la matemática. Tal problema se nos presenta siempre que pretendemos decir, en nuestros juicios, acerca de entidades como Dios, mundo o alma. Por otra parte, en todos hay una cierta tendencia a hablar y pensar sobre este tipo de entes. De este modo, Kant se plantea dos problemas a propósito de la metafísica:
- ¿Son posibles los juicios sintéticos a priori en la metafísica? Kant concluirá que no. En consecuencia, no es ni puede ser una ciencia.
- ¿Por qué hay en el hombre una predisposición natural a realizar este tipo de juicios?
2.3. Facultades cognoscitivas que Kant atribuye al hombre
Kant reconoce en el hombre dos facultades cognoscitivas fundamentales: la sensibilidad, por la cual los objetos me son dados, y el entendimiento, por el que los pienso. No quiere decir que haya un conocimiento sensible, fruto de la sensibilidad, y otro intelectual, sino que es necesario el concurso de las dos facultades para que el conocimiento tenga lugar: si falta la contribución de una de ellas no hay conocimiento.
Los contenidos de ambas son denominadas representaciones. Las representaciones de la sensibilidad son llamadas intuiciones y las del entendimiento conceptos o reglas.
La sensibilidad es una facultad pasiva, lo propio de ella es recibir representaciones dispersas. El entendimiento es una facultad activa, lo propio de él es hacer síntesis, unificar lo dado a la sensibilidad. No se nos da un solo concepto, todos son creados por el entendimiento.
Hemos de distinguir entre lo que nos viene dado a la sensibilidad, es susceptible de ser pensado por el entendimiento y, por lo tanto, conocido, que Kant denomina ‘fenómeno’, y lo que son las cosas mismas, aquello que no puede ser conocido por la intuición sensible. A esto lo denomina ‘cosa en sí’ o, en cuanto que debería ser objeto de una supuesta intuición del entendimiento, ‘noúmeno’.
La sensibilidad puede ser externa o interna, según el tipo de fenómenos que le afecten. Si los fenómenos provienen de fuera de mí, son captados por la sensibilidad externa y si provienen de mí mismo, del yo, son captados por la sensibilidad interna.
Por lo que se refiere al entendimiento, Kant distingue tres funciones principales a las que denomina entendimiento, juicio y razón, que tienen por función, respectivamente, la formación de conceptos, juicios y razonamientos.
2.4. Las condiciones a priori y el sentido de la “revolución copernicana”
Recordemos dos afirmaciones ya hechas:
- El problema general de la CRPura es cómo son posibles los juicios sintéticos a priori.
- La necesidad y universalidad no pueden provenir de la experiencia, esto es, no pueden provenir de lo dado a la sensibilidad.
¿De dónde proviene esa necesidad? Según Kant, es el propio hombre quien la pone. Para él la ciencia es posible, esto es, los juicios sintéticos a priori son posibles porque nuestro conocimiento se articula en torno a dos tipos de condiciones: empíricas, posteriores a la experiencia, y a priori, condiciones que nosotros imponemos a lo conocido con anterioridad a toda experiencia.
Las condiciones a priori, a las que denomina formas puras o formas a priori, son la manera en la que podemos conocer la experiencia. Para conocer ésta hemos de aplicarlas. Por esto, y frente a las condiciones empíricas, las condiciones a priori son generales (afectan a todo individuo) y necesarias (no pueden no darse). En cuanto que constituyen nuestro modo de conocer la experiencia son llamadas por Kant trascendentales. Esto es, las condiciones a priori son aquellas que, trascendiendo la experiencia (siendo previas a la misma), la posibilitan (hacen posible que nosotros tengamos experiencia de algo). Todo lo que se refiere al estudio de este tipo de condiciones es denominado por Kant filosofía trascendental. “Llamo trascendental -dice Kant- a todo conocimiento que se ocupa en general no tanto de los objetos como de nuestro modo de conocerlos, en cuanto que este debe ser posible a priori”.
En esto precisamente consiste el sentido de lo que el propio Kant denomina “revolución copernicana”. Así como Copérnico realizó una nueva interpretación del sistema solar en la que alternó los papeles del Sol y la Tierra, con la consecuencia de que introdujo la astronomía en el camino de la ciencia, él mismo se propone algo semejante para la interpretación del conocimiento humano y la explicación de la ciencia. Si es el sujeto quien debe adaptarse a las condiciones del objeto dado, habría que concluir con Hume que cierto escepticismo es inevitable, que no es posible un conocimiento universal y necesario de los hechos. Pero si ocurre al revés, si es el objeto quien se rige por las condiciones que el sujeto le impone a priori, sí es posible entonces explicar esa necesidad.
2.5. La Estética trascendental: solución al problema de los juicios sintéticos a priori en la matemática
Nuestro conocimiento depende tanto de la contribución de la sensibilidad como de la del entendimiento: sin la aportación de una de ellas no puede producirse conocimiento alguno. La Estética trascendental se ocupa, pues, no del conocimiento sensible (todo conocimiento lo hacemos con el entendimiento, cuando realizamos juicios), sino de las condiciones sensibles del conocimiento. Pues bien, las condiciones sensibles de nuestro conocimiento pueden ser bien empíricas o bien puras.
- Condiciones empíricas son aquellas condiciones particulares que permiten que la sensibilidad pueda recibir representaciones (intuiciones). Por ejemplo, la capacidad de nuestros órganos o que se produzca una cantidad suficiente de energía.
- Condiciones puras o a priori son aquellas que, de manera no particular, sino universal y necesariamente, posibilitan las intuiciones sensibles. Espacio y tiempo son esas condiciones puras. Las representaciones sensibles (intuiciones) que recibimos a través de la sensibilidad externa (color, sonido, dureza…) son ordenadas universalmente (todas sin excepción posible) y necesariamente (es imposible que no lo sean) espacio-temporalmente. Las intuiciones que recibimos a través de la sensibilidad interna (recuerdos, vivencias…) son ordenadas universal y necesariamente en el tiempo.
Espacio y tiempo son denominadas por Kant formas a priori de la sensibilidad o intuiciones puras. Veamos qué quiere decir con estos términos:
- Con intuiciones quiere indicar que no son conceptos, esto es, representaciones del entendimiento, sino de la sensibilidad.
- Con el término forma quiere indicar que son los elementos invariables de nuestra percepción, es el modo como nosotros percibimos. Los aspectos permanentes de una actividad o cosa variable se denominan con frecuencia su forma, frente a lo que es propiamente variable en ella, que suele denominarse contenido o materia. Como la ordenación espacio-temporal es un aspecto invariable de nuestra percepción, Kant las denomina formas de la misma.
- Son puras en el sentido de que están vacías de todo contenido empírico si las separamos de las impresiones sensibles que ordenan.
- Que son a priori quiere decir que no provienen de la experiencia, sino que son anteriores a toda experiencia.
Espacio y tiempo hacen posibles los juicios sintéticos a priori en la matemática. Con ello no quiere decir que la matemática sea un conocimiento sensible. No hay un conocimiento tal. La matemática, compuesta como está de juicios y razonamientos, la hacemos con el entendimiento, pero se ocupa del espacio (la geometría) y del tiempo (la aritmética, basada en la sucesión temporal). Ahora bien, en cuanto se ocupan de espacio y tiempo, que son a priori, la matemática es también anterior a la experiencia, es un conocimiento a priori. Y puesto que son condiciones necesarias de toda experiencia, la matemática puede ser aplicada necesaria y universalmente a la experiencia. Gracias a las condiciones puras de la sensibilidad, espacio y tiempo, son posibles los juicios sintéticos a priori en la matemática.
2.6. La Analítica trascendental: solución al problema de los juicios sintéticos a priori en la física
Conocer no es solo recibir representaciones dispersas, ordenándolas en el espacio y en el tiempo. Conocer es pensar, comprender o unificar lo recibido. Esta función de pensar o unificar lo recibido es función del entendimiento. Solo entonces podemos hablar de conocimiento. La forma en la que se produce esta unificación de esas intuiciones dispersas recibidas es refiriéndolas a un concepto. Las intuiciones sensibles las entendemos poniéndolas en relación con conceptos a través de juicios. De lo recibido decimos, por ejemplo, que es “una canción de Bach”, que es una “superficie dura” o que es un “pez espada”. Si no tenemos concepto al que referir lo que recibimos, en tanto no lo creemos, no tenemos tampoco conocimiento de lo que recibimos. Esto es, comprendemos lo recibido refiriéndolo a conceptos en los juicios que realizamos. El entendimiento es la facultad de los conceptos y los juicios, y de ella se ocupa Kant en la Analítica trascendental.
El entendimiento es una facultad, no pasiva porque no recibe sus representaciones, sino activa, porque las crea. Ahora bien, a juicio de Kant, hemos de distinguir entre, por una parte, los conceptos que crea con posterioridad a la experiencia, los conceptos empíricos, y, por otra, los conceptos puros o a priori. Los conceptos puros son conceptos que el entendimiento produce espontáneamente sin derivarlos de la experiencia. Los empíricos sí son derivados de la experiencia. Conceptos como “concierto de Bach” o “pez espada” son de este tipo. Los conceptos puros son las categorías.
Kant razona que, como lo propio del entendimiento es unificar lo recibido en conceptos a través de juicios, habrá tantas categorías, tantas maneras de unificar, como formas o tipos de juicio haya. Según la lógica tradicional, doce son los modelos de juicio posibles, y de ahí deduce Kant que las categorías son exactamente doce. Doce son, pues, los modos en que nosotros podemos unificar lo recibido en un concepto. Las categorías son nuestra forma de unificar lo recibido en la sensibilidad: no tenemos otra forma de hacerlo. Es a través de las categorías como conocemos, como pensamos la experiencia.
Estamos haciendo afirmaciones importantes:
- Decimos que son nuestra forma de unificar: con ello queremos decir que las categorías son condiciones que ponemos nosotros y no condiciones que provengan de la experiencia. Además, que hemos de aplicarlas si queremos pensar la experiencia.
- Su aplicación es la experiencia. Eso significa que las categorías solo pueden aplicarse legítimamente a lo dado en la sensibilidad. Las categorías, dirá Kant, son conceptos vacíos, que han de llenarse con lo dado en la sensibilidad. En casos normales, nosotros nos damos cuenta de que la experiencia es el límite de lo que afirmamos en nuestros juicios. Por ejemplo, si decimos ‘los fantasmas arrastran cadenas’, donde aplicamos las categorías de unidad, realidad, sustancia y existencia, el uso de las mismas no produce conocimiento porque no son aplicadas a la experiencia. Otros casos son más conflictivos, en cuanto que el simple sentido común no nos advierte de su empleo ilegítimo, en cuanto que no las aplicamos a la experiencia. Este es el caso de los enunciados de la metafísica tradicional.
Conceptos como sustancia, causa, existencia o necesidad, todos ellos categorías, a juicio de Kant, habían servido a todas las filosofías racionalistas a lo largo de la historia para construir un saber desde estos conceptos con independencia de la experiencia. Estos mismos conceptos habían sido el blanco de la crítica de las filosofías empiristas, especialmente dura en el caso de Hume, quien, al señalar que ninguno de ellos puede provenir de la experiencia, llegaba a un escepticismo en cuanto a la posibilidad de que consigamos un conocimiento científico de la realidad. Ambos tipos de análisis son desechados por Kant:
- El de las filosofías racionalistas, por cuanto que las categorías son nuestro modo de conocer la experiencia. Es decir, no es legítimo aplicar estos conceptos a algo que no sea la experiencia, como pretendían los filósofos racionalistas.
- El de las filosofías empiristas, por considerar que, aunque estos conceptos no provienen de la experiencia, son producidos espontáneamente por nuestro entendimiento con anterioridad a toda experiencia. Su uso no solo es legítimo, sino que son el único modo de pensar la experiencia: no tenemos otro. Los fenómenos, lo recibido dispersamente en la sensibilidad, no puede ser unificado, pensado, si no lo hacemos de acuerdo con las categorías.
En consonancia con todo esto, Kant señala cómo principios importantes, como el de causalidad, desechados por Hume por no provenir de la experiencia y utilizados abusivamente por los filósofos racionalistas, son válidos en cuanto que aplicados a la experiencia, a la física, pero solo en ese caso.
2.7. La Dialéctica trascendental y el problema de la metafísica
Hemos señalado cómo la ciencia es un conjunto de juicios. Hemos descrito someramente también cómo construimos los juicios con el entendimiento; decíamos al respecto que, según el modelo de juicio, aplicamos a lo dado en la experiencia una serie de categorías. Ahora bien, ninguna ciencia es una mera yuxtaposición de juicios, sino que éstos aparecen fundamentados unos en otros en los razonamientos. Un razonamiento supone que el fundamento de la verdad de lo afirmado en la conclusión se encuentra en la verdad de las premisas. Pues bien, la Razón busca fundamentar nuestros juicios (la conclusión) en otros juicios más generales (las premisas). A su vez, las premisas pueden fundamentar la conclusión porque ellas mismas están fundamentadas; esto es, son conclusiones en otros razonamientos, las cuales han de tener sus propias premisas fundamentadoras, que serán cada vez más generales y explicativas de mayor cantidad de fenómenos. En este proceso, señala Kant, la Razón tiende, en última instancia, a traspasar los límites de lo dado en la experiencia y hablar de las cosas en sí (tiende a lo incondicionado, dirá). Es decir, con el fin de fundamentar los fenómenos, que son objeto de conocimiento teórico porque vienen dados en la experiencia sensible, pretendemos un conocimiento de los noúmenos, de las cosas en sí, que no son objeto de conocimiento teórico puesto que no nos vienen dadas en la experiencia.
En este proceso, la Razón llega a hacerse preguntas sobre el mundo, el alma y Dios. Todos los fenómenos físicos se pretenden fundamentar desde las teorías metafísicas acerca del mundo; todos los fenómenos psicológicos se pretenden fundamentar desde las teorías metafísicas acerca del alma; y todos los fenómenos, en definitiva, se pretenden fundamentar desde las teorías metafísicas acerca de Dios. Dios, alma y mundo son, según Kant, ideas de la Razón. La idea de Dios es, además, el ideal de la Razón, puesto que, en nuestro intento de fundamentar todos los fenómenos, la idea de Dios, aunque inalcanzable a través del conocimiento, de la Razón Pura, aparece como el límite, como el ideal de tal fundamentación.
Sin embargo, el conocimiento de las cosas en sí, el conocimiento metafísico, está fuera de nuestra capacidad de conocer, y al intentar, como han pretendido la inmensa mayoría de las filosofías, convertir a Dios, alma y mundo en objeto de conocimiento científico, la Razón cae en contradicciones. Kant llama a este empeño “dogmatismo”, porque realiza ese intento sin haber analizado antes si la Razón tiene esa capacidad (que, como hemos visto, en realidad no tiene: nuestra capacidad de conocimiento científico se limita a los fenómenos, a la aplicación de las categorías a la experiencia).
Dijimos que, en torno a la metafísica, Kant se plantea dos cuestiones. Ahora estamos en disposición de ver cómo las contesta:
- ¿Son posibles los juicios sintéticos a priori en la metafísica? Y, en consecuencia, ¿puede ser la metafísica una ciencia? La respuesta de Kant es negativa. Las categorías solo pueden ser aplicadas a la experiencia, a los fenómenos. Si las aplicamos haciendo juicios sobre aquello de lo que no tenemos experiencia (el mundo como un todo, el yo como una sustancia o Dios), su empleo es ilegítimo. No podemos tener conocimiento teórico sobre ellos. Esto, sin embargo, no quiere decir que no tengan importancia o sentido. Como veremos, si bien no podemos tener un conocimiento teórico de ellos, hay proposiciones metafísicas, como la existencia de Dios, que son exigencia de la moralidad de nuestras acciones, que son postulados de la Razón Práctica.
- Kant se pregunta también por la tendencia a realizar juicios metafísicos. La respuesta a esta cuestión podríamos resumirla diciendo que, aunque solo podemos conocer lo dado en la sensibilidad, que solo a la experiencia podemos aplicar legítimamente las categorías, la Razón, en su actividad fundamentadora a través de los razonamientos, tiende a buscar lo no condicionado por la experiencia con el fin, precisamente, de fundamentar esa experiencia.
Negar la posibilidad de un conocimiento teórico de lo metafísico (de la cosa en sí) parecería una conclusión meramente negativa, pero no lo es, porque con tal pretensión se traspasa el límite de la experiencia y se lleva a la Razón, de manera inevitable, a contradicciones. En cambio, negando esa posibilidad se abre camino a la metafísica desde la Razón Práctica, pues dice Kant que, de este modo, aunque no podemos conocer la cosa en sí, sí podemos al menos pensarla sin contradicción. La libertad, la inmortalidad del alma y la existencia de Dios son juicios metafísicos que, aunque no pueden ser demostrados científicamente, son condiciones de la moralidad de nuestras acciones, perfectamente comprensibles desde el punto de vista de la razón.
3. El uso práctico de la razón: la ética kantiana
Con el uso práctico de la razón respondemos a la pregunta “¿qué debo hacer?”. Su función es orientar nuestro comportamiento, ya que Kant identifica el uso práctico con la ética. Mientras que la razón teórica, que se ocupa del conocimiento de los fenómenos, formula juicios, la razón práctica formula imperativos o mandatos.
Las dos grandes obras en las que aborda la ética son La fundamentación de la Metafísica de las Costumbres y la Crítica de la Razón práctica.
Al igual que la Crítica de la Razón Pura supuso un importante giro en la explicación de la ciencia, sus obras sobre la ética resultan también novedosas: si hasta Kant todas las éticas habían sido materiales, la suya es una ética formal. Es material aquella ética que establece que la bondad o maldad de nuestras acciones radica en ellas mismas. Estas éticas no pueden explicar, según él, ni la necesidad ni la autonomía de lo moral. Una ética formal, en cambio, es aquella que no establece lo que hemos de hacer (la materia o contenido de las acciones), sino cómo hemos de obrar siempre (su forma). Y es que la moralidad de nuestras acciones no radica en ellas mismas, sino que es la voluntad quien las hace buenas o malas.
En concreto, según Kant, actuamos moralmente cuando lo hacemos por deber. Por deber entiende la necesidad de una acción por respeto a la ley. Nuestras acciones, cuando no son contrarias al deber, pueden ser conforme al deber o por deber. Pues bien, solo las acciones por deber tienen valor moral.
La necesidad de obrar moralmente, de actuar por deber, se expresa en un imperativo que no puede ser hipotético, sino categórico. El fallo de todas las éticas anteriores (las éticas materiales) es que pretendían fijar el contenido, por lo que sus imperativos son hipotéticos y dependen de la experiencia. Kant encuentra un imperativo que cumple con la exigencia de actuar por deber y es plenamente categórico, ya que solo establece la forma de la actuación. Se trata del imperativo categórico kantiano, del que da tres formulaciones. La primera de las cuales es “obra solo según una máxima tal que quieras que se convierta en ley universal”, en la que se aprecia claramente su carácter formal, porque no establece ninguna norma concreta, sino la forma que han de poseer las normas morales, que el sujeto pueda querer que se convierta en norma para todos los hombres.
En la Crítica de la razón pura, Kant puso de manifiesto la imposibilidad de la metafísica como ciencia y, por tanto, la imposibilidad de un conocimiento acerca del alma, del mundo y de Dios, pero Kant no niega ni la inmortalidad del alma ni la existencia de Dios, sino que se limita a decir que no son objeto de conocimiento científico. Ahora, en la Crítica de la razón práctica, Kant establece que la libertad de la voluntad, la inmortalidad del alma y la existencia de Dios son postulados de la razón práctica, es decir, una exigencia de la moralidad de nuestras acciones. De modo que el ámbito adecuado para plantearse estas cuestiones metafísicas no es el de la Razón Teórica y de la ciencia, sino el de la Razón Práctica.
Kant afirma que Hume le “despertó del sueño dogmático”. Se refería con la palabra “dogmatismo” al Racionalismo, porque llegaba a la conclusión de que podemos conocer la metafísica sin realizar antes un análisis (una crítica) de la Razón que evaluara sus capacidades y sus límites.