El Alma Humana: Imagen y Semejanza Divina
El alma humana, cercana a Dios, ha sido creada a su imagen y semejanza. El hombre, a través de las tres verdades (ser, conocer y amar), se asemeja a Dios. Estas verdades se relacionan con la Imagen Trinitaria (Padre, Hijo y Espíritu Santo) presente en cada ser humano. Estos tres aspectos se manifiestan en las tres facultades del alma: memoria (ser), entendimiento (conocer) y voluntad (amar), que constituyen las verdades naturales, conocidas por el hombre a través de la razón. Sin embargo, la razón solo capta los hechos de que existimos, conocemos y amamos. Es a través de una búsqueda interior voluntaria, mediante la fe y con la ayuda de Dios, que el hombre accede a las verdades sobrenaturales:
- El hombre sabe que existe a través de la imitación del alma a la eternidad (Padre).
- Llega al conocimiento basándose en la imitación del alma al Hijo para alcanzar la auténtica verdad.
- Ama mediante la imitación del alma al Espíritu Santo para llegar al amor de Dios.
De esta forma, se constata la Imagen Trinitaria de Dios en todos los seres humanos.
La Búsqueda de la Verdad y la Felicidad
Esta cercanía y semejanza a Dios se expresa en la tendencia humana a buscar la verdad y buscar la felicidad. Para encontrar la verdad, el hombre debe trascenderse a sí mismo (autotrascendimiento), ayudado por la Iluminación de Dios. Para encontrar la felicidad, debe buscar un amor que lo colme más allá de sí mismo, con su voluntad asistida por la gracia de Dios. San Agustín afirma que el hombre no puede encontrar la felicidad en las cosas materiales ni en sí mismo, sino en algo superior: Dios. La felicidad, por lo tanto, reside en el amor a Dios.
El Pecado y la Infelicidad
Aquí radica la raíz del pecado y de la infelicidad. El pecado es consecuencia de un defecto de la voluntad, que prefiere amar lo inferior a lo superior, a Dios. El mal moral es, por lo tanto, un defecto, una carencia de voluntad. La causa del mal no reside en el Creador (todo lo bueno y ordenado se atribuye a la bondad divina), sino en la voluntad creada. Esta voluntad, buena en sí misma, se vuelve mala cuando se aparta del Bien inmutable, prefiriendo el amor a sí misma al amor a Dios. El mal moral se entiende como la privación o ausencia de un orden recto en la voluntad. La razón de este error de la voluntad es, en el fondo, incomprensible. Buscar las causas del mal moral es como querer ver las tinieblas u oír el silencio. La única respuesta está en el misterio de la libertad.
Sabiduría e Iluminación: Los Niveles del Conocimiento
Para San Agustín, el conocimiento, como en el platonismo y neoplatonismo, posee un carácter religioso-purificador. Exige la liberación del alma del cuerpo para alcanzar el verdadero conocimiento. Una vez liberada, y dado que la verdad es Dios, el alma se orienta hacia Él en busca de la felicidad. Inspirándose en Platón, San Agustín distingue tres niveles de conocimiento:
Conocimiento Sensible
El conocimiento sensible se origina en la actividad de los sentidos, en la sensación (común a animales y hombres), y su objeto es el mundo material. Este conocimiento, aunque esencial para la vida práctica, no es verdadero conocimiento, sino opinión (Doxa), debido a las deficiencias de los sentidos y de los objetos materiales. A diferencia de Platón, San Agustín no desprecia este conocimiento, ya que los objetos materiales pueden ser el punto de partida de la mente hacia Dios. La sensación es un acto del alma, que utiliza los sentidos como instrumentos.
Conocimiento Racional
El conocimiento racional es obtenido por la razón desde sí misma, no de las cosas materiales. Con él conocemos lo universal y necesario, pero relativo a lo temporal. Es el conocimiento que llamamos “ciencia”. Se origina en la actividad de la razón, facultad de juzgar, y parte del conocimiento sensible. La razón, gracias a las Ideas o Arquetipos, juzga lo percibido y da lugar a la ciencia. Este conocimiento es específicamente humano.
Contemplación
La contemplación permite al hombre conocer las verdades universales y necesarias de carácter ético y religioso, verdades eternas e inmutables. En ella reside la verdadera sabiduría. El principal interés de San Agustín es el logro del fin sobrenatural del hombre: la beatitud, la felicidad en la posesión y visión de Dios. Este conocimiento no se obtiene de la sensación ni el alma lo extrae de sí misma. ¿Cómo alcanza entonces el hombre la contemplación de las Ideas de Dios? No por reminiscencia (como Platón), sino gracias a la Iluminación divina. Solo la luz divina puede proporcionar este conocimiento. La iluminación divina permite a la razón captar estos conocimientos.
La Iluminación Agustiniana
El hombre que busca la verdad debe buscar dentro de sí, en su alma. En esta búsqueda interior, iluminada por Dios, encontrará las Ideas, que se originan en la mente divina. Las Ideas ejemplares residen en la mente divina. Al interiorizar, el hombre encuentra estas Ideas, ya que está hecho a imagen y semejanza de Dios. Al interiorizar, realmente se encuentra a Dios. La Iluminación agustiniana se relaciona con la doctrina platónica. Platón afirmaba que el Sol ilumina los objetos para que el ojo los vea, y el Bien ilumina las Ideas para que la mente las comprenda. San Agustín entiende que es Dios quien ilumina las Ideas para que el hombre las comprenda. Esta iluminación es natural, ofrecida a todo aquel que busca sinceramente la verdad. Es voluntarista, ya que requiere la voluntad para conocer a Dios, unirse a él y alcanzar la felicidad.