“Y, claro, dado que la virtud es doble…”
El fragmento del texto de Aristóteles aborda la idea de que las virtudes morales y éticas no son innatas en el ser humano, sino que se desarrollan y perfeccionan a través de la costumbre y el hábito. Aristóteles compara la dirección natural de los objetos inanimados, como una piedra que cae hacia abajo, con el proceso de formación de la virtud en los seres humanos. Para él, la naturaleza humana no lleva automáticamente al bien o a la virtud, sino que es necesario un esfuerzo consciente y repetido para moldear y desarrollar el carácter.
Este enfoque resalta la importancia de la educación y el ambiente en el desarrollo de las virtudes. Aristóteles sugiere que, aunque las personas no nazcan naturalmente virtuosas, tienen la capacidad de llegar a serlo mediante la práctica constante y la adopción de buenos hábitos. Este proceso de habituación es fundamental en la ética aristotélica, ya que permite que los seres humanos alcancen su potencial y logren un equilibrio en su vida moral.
Así, en contraste con la idea de que las personas poseen una naturaleza moral intrínseca, Aristóteles sostiene que la virtud requiere un aprendizaje y una adaptación al entorno social y cultural. Esto implica que el ser humano es, en gran medida, responsable de su propio carácter y moralidad. Esta perspectiva subraya la importancia de la educación moral y el esfuerzo individual para construir una vida ética y virtuosa, en lugar de depender solo de la naturaleza o de predisposiciones innatas.
“En este sentido se dice que la causa (1)…” o “Hechas estas distinciones…”
El texto de Aristóteles se centra en su teoría de las cuatro causas, un concepto fundamental en su filosofía natural y metafísica. Las cuatro causas son: la causa material, la causa formal, la causa eficiente y la causa final. Estas representan las diferentes maneras en que podemos entender por qué algo existe o sucede.
En el ejemplo del fragmento, Aristóteles explica que para entender un objeto o fenómeno completamente, necesitamos identificar no solo la sustancia de la que está hecho (causa material), como el bronce en una estatua, sino también la forma o esencia (causa formal) que define qué es el objeto. La causa eficiente es el agente que produce el cambio o da origen a la cosa, como el escultor que moldea la estatua. Por último, la causa final es el propósito o función del objeto, aquello para lo que existe, como la finalidad estética o conmemorativa de la estatua.
Aristóteles introduce estas causas para dar una explicación completa de la realidad, mostrando que cada fenómeno o entidad no puede entenderse adecuadamente sin considerar cada uno de estos aspectos. Para él, el conocimiento verdadero implica comprender todas las causas que contribuyen a la existencia y naturaleza de las cosas. Este enfoque permite una visión integral y profunda de los objetos y procesos, y refleja la importancia que le da Aristóteles a la teleología, es decir, a la idea de que todo en la naturaleza tiene un propósito o fin.
“Pero, claro está, si en el ámbito de nuestras acciones…”
En este fragmento, Aristóteles reflexiona sobre el concepto del “Bien Supremo” y la “felicidad” (eudaimonía) como el objetivo último de la vida humana. Según él, todas nuestras acciones y elecciones tienden hacia un bien, y el bien supremo, que es el fin último, es la felicidad. Esta felicidad no se entiende como un placer momentáneo, sino como una realización plena y estable de las capacidades humanas, especialmente en el ámbito de la virtud y la razón.
Aristóteles señala que alcanzar este bien supremo implica una vida guiada por la virtud, que se debe practicar constantemente. No basta con actuar bien de forma esporádica; es necesario que la virtud se vuelva un hábito, una disposición estable del carácter. Además, su noción de felicidad no es egoísta ni individualista, sino que se relaciona con la vida en comunidad. Para Aristóteles, el ser humano es un “animal político”, lo que implica que la realización personal y la felicidad están también ligadas al bienestar de la sociedad y de la polis en la que se vive.
Así, el “Bien Supremo” no solo es algo que se busca para uno mismo, sino también algo que debe reflejarse en la vida comunitaria y en las relaciones interpersonales. La verdadera felicidad se alcanza cuando cada individuo cumple con su propósito y contribuye al bien común, elevando tanto su propio ser como la calidad de la vida pública. Esto subraya la visión de Aristóteles de que la ética y la política están intrínsecamente conectadas, ya que el individuo y la comunidad prosperan conjuntamente cuando ambos buscan el bien supremo y la virtud.